Punta del Este no se puede dar el lujo de espantar al capital
Columna de opinión
Hay un momento en que un problema deja de ser un conflicto gremial y pasa a ser un problema de país. Maldonado está en ese punto, y conviene decirlo sin rodeos: lo que está en juego en Punta del Este no es una obra, ni una temporada, ni una discusión salarial más. Es el atractivo de largo plazo de la principal plaza inversora del Uruguay, y se está poniendo en riesgo con una liviandad que asusta.
El SUNCA lleva semanas con asambleas sorpresivas y permanentes que ya no se limitan a los predios de obra: se replican en las cementeras y en las proveedoras, es decir, en el corazón mismo de la cadena. La construcción en Punta del Este está hoy casi paralizada. El detonante más visible fue el complejo Cipriani, donde el envío de trabajadores al seguro de paro encendió la mecha, pero la lista de emprendimientos golpeados o expuestos es larga y elocuente: Surfside, de Etcheverrito; el desembarco de Fasano sobre el ex Enjoy; el nuevo Fendi de Grosskopf en la Mansa; Quartier Brava 30, Carolina del Mar, The Colette, El Nido. Y antes ya lo habían sufrido Le Parc y The Grand Center, entre otros. No son casos aislados: es un patrón.
Los números lo dicen mejor que cualquier adjetivo. Solo los proyectos insignia comprometen una masa de inversión que ronda y supera los US$ 2.000 millones. Cipriani, entre US$ 500 y US$ 600 millones. Fasano, hasta US$ 500 millones. Surfside, un plan de US$ 500 millones a lo largo de siete torres. Fendi, unos US$ 150 millones. Y esto es apenas la punta del iceberg: en los últimos siete años Punta del Este y Maldonado presentaron más de 5,5 millones de metros cuadrados y una inversión directa que supera los US$ 12.000 millones, con más de 70 desarrollos activos hoy de forma simultánea. Esa es la escala de lo que se está tratando como si fuera moneda corriente, como si el capital fuera un recurso natural que brota del suelo esteño y siempre va a estar ahí.
No lo es. Y ese es el punto que muchos no terminan de dimensionar: una obra que se frena no es solo una obra que se frena. La construcción es, seguramente, el mayor dinamizador de empleo que tiene el país. Ocupa de forma directa a unas 130.000 personas, cerca del 8% de todos los ocupados del Uruguay, a la par del agro o la salud. Pero su verdadero poder está en el derrame. El multiplicador del sector es de 4,41: cada dólar que entra en la construcción induce 4,41 dólares de producción en el resto de la economía. Pocas actividades tienen semejante capacidad de arrastre.
Vale la pena mirar todo lo que hay detrás de una sola torre. Las cementeras y las plantas de hormigón. Los áridos, el hierro, el acero. La carpintería de aluminio y de madera, el vidrio, la sanitaria, la instalación eléctrica, los ascensores, la pintura, los revestimientos, los pavimentos. El mobiliario y el equipamiento. Y alrededor, el transporte y la logística, el alquiler de grúas y maquinaria, la seguridad, el catering de obra, los estudios de arquitectura e ingeniería, los agrimensores, las escribanías, las inmobiliarias. Cuando una obra se detiene, no se detiene una obra: se detienen decenas de empresas de la zona, muchas de ellas pymes que no tienen espalda para aguantar meses de incertidumbre.
Y está lo que el Estado deja de percibir, que rara vez entra en la discusión. Cada obra activa aporta al BPS a través del Aporte Unificado de la Construcción, tributa a la DGI —IVA, IRAE, el IRPF de cada trabajador—, paga permisos y tasas a la Intendencia de Maldonado y demanda servicios de UTE, OSE y ANTEL. Una obra paralizada es recaudación que no ingresa, seguridad social que no se financia, un departamento que se empobrece mientras discute.
Pero lo más grave viene después, y por eso el problema es de fondo: se está destruyendo un círculo virtuoso que costará muchísimo reponer. El derrame no termina el día de la inauguración. La verdadera cosecha llega en el usufructo: los hoteles, las residencias, los casinos, los paseos comerciales, la gastronomía. Ahí está el empleo permanente, el que dura décadas, el que le da vida a Maldonado los doce meses del año y no solo en enero. Cada torre que no se levanta hoy es empleo que no se crea hoy en la obra, y empleo que tampoco se creará mañana en todo lo que esa torre debía poner en movimiento.
Ahí aparece la paradoja que no puede pasarse por alto. El SUNCA dice pelear por el trabajo, y denuncia que el seguro de paro se usa como herramienta antisindical. El reclamo de fondo es atendible; nadie discute el derecho a organizarse ni a defender condiciones dignas. Pero una acción que, en los hechos, funciona como un ariete contra la inversión termina golpeando precisamente aquello que dice defender: el empleo. No hay forma de proteger puestos de trabajo espantando a quien los financia. Los inversores de la región y del mundo están mirando esta plaza con lupa, y lo que hoy evalúan ya no son los plazos —eso sería lo de menos—, sino la viabilidad misma de invertir en Punta del Este. Cuando un destino deja de ofrecer previsibilidad, el capital no manda una carta de reclamo: se va, callado, a otra jurisdicción que le da certezas.
Y esa es la parte más preocupante, porque no se ve en el titular de mañana. Ahuyentar la inversión lleva una temporada; recuperar la confianza de un mercado que se sintió maltratado lleva años, a veces una década. Es el inicio de un problema cuyos efectos se pagarán en el futuro cercano, cuando las grúas que hoy están quietas ya no vuelvan y los proyectos que hoy dudan se hayan mudado a Miami, a Madrid o al otro lado del Río de la Plata.
Todavía se está a tiempo. A tiempo de entender que Maldonado no es un botín inagotable sino una construcción colectiva —de trabajadores, empresarios, inversores y Estado— que se sostiene sobre la confianza. A tiempo de que todas las partes se sienten a negociar con la conciencia de lo que realmente está sobre la mesa. Porque el día que Punta del Este deje de ser atractiva, no habrá asamblea, ni paro, ni convenio que devuelva lo perdido. Y para entonces, la discusión ya no será cómo repartir la torta, sino por qué se dejó enfriar el horno.